Cosas de niños

Un dulce y mágico sueño

Posted by on sep 19, 2016 in Nuestros cuentos | 0 comments

Hace mucho tiempo, el Gran Pastelero construyó un mundo donde las chuches y los pasteles pudieran vivir: las casas de chocolate, las calles de turrón… y los habitantes, las chuches.

Hoy hace de eso 50 años y las chuches tenemos un problema. Las casas, las calles y todo el mundo se está caducando y pudriendo. Necesitamos a un héroe para que avise al Gran Pastelero. Necesitamos un nuevo mundo.

¿Qué quién soy yo? Soy Orejitas. Sí, este es el tonto nombre que me pusieron mis padres Don Abrazos y Doña Glotona. Entiendo que si soy un osito gominola me llamen así, pero a mí no me gusta.

Las demás chuches se pasan el día jugando y comiendo, ya que de mayores seguirán haciéndolo. Pero yo quiero ser el ayudante del Gran Pastelero, porque no quiero ser así. Yo quiero al morir dejar una huella en la historia.

Cuando le dije esto a mi padre me miró con una cara que no os lo podéis creer. Me contestó: “Hijo, no puedes hacer esto. Tienes que quedarte con nosotros y punto”. Pero no lo pienso hacer.

Será mejor que no se lo diga a mis padres, que si no me encierran en el armario de castigo. Ya se enterarán de que no estoy.

Hoy me voy a ir a buscar al Gran Pastelero y contarle lo que sucede. Ya me he despedido de mis compañeros, y se han reído de mí. También me he despedido de mi abuelo, a él siempre le puedo contar todo porque me entiende y comprende. Me ha dado un mapa de su abuelo quien le dijo en él se encontraba señalada la residencia del Gran Pastelero.

El mapa tiene señalados tres lugares del Reino. Primero la casa de la Bruja. Segundo la cascada de Coca-Cola. Y tercero, el gran desierto de azúcar. Y…¡en marcha!

Desde mi barrio hasta la casa de la Bruja son tres días. El primer día recorrí 23 kilómetros y medio. El segundo 20 kilómetros y el tercero 25. Comí cada día un bocadillo de azúcar y bebí zumo de arándanos.

Al llegar a la casa no había ni un alma. Sólo se oía el ruido de la puerta cerrándose. Y ¡PLAF!!!! Se cerró de golpe. Me quedé inmovilizado del susto. Mientras decidía que hacer, si dar marcha atrás o seguir adelante, apareció ante mí una luz rosa flotando por el aire. Cada vez se acercaba más a mí. Del miedo salí corriendo por el pasillo intentando encontrar una habitación abierta, hasta que encontré una y me encerré.

Me separé unos metros de la puerta y comencé a oír gente hablando sobre como cocinar chuches. Me giré para adivinar de dónde procedían las voces y vi que en una pared de la habitación había otra puerta. Me acerqué. Las voces continuaban y decidí abrir la puerta. Al girar la manilla y asomarme despacio, las voces cesaron. De repente una mano esponjosa me agarró y me empujó hacia dentro. Empecé a gritar y a intentar soltarme. En ese momento oí a una voz dulce diciendo: “Tranquilo, no te voy a hacer nada”: Me di la vuelta y vi a una chuche de algodón de azúcar.

Se llamaba Nube y le conté mi viaje de búsqueda del Gran Pastelero. Nube decidió acompañarme y ayudar al Reino.

Durante nuestra travesía encontramos un lago de té de limón y nos bañamos. Mientras nos secábamos tumbados en la hierba, vimos a unos 50 metros la cascada de Coca-Cola. Al acercarnos, la luz rosa que vi en la casa de la Bruja volvió a aparecer. “Ahora no voy a escapar”, pensé, y decidimos seguirla tras la cascada. Nadamos tras ella y al cruzar la cortina de agua la luz desapareció, y en su lugar nos encontramos con una gran extensión de azúcar y dunas. Antes de seguir, cogimos un montón de Coca-Cola para el trayecto por el desierto de azúcar, ya que era muy largo.

Habían pasado cuatro días y seguíamos en el desierto muertos de calor. Avanzábamos lentamente. Al llegar el sexto día nuestras provisiones se acabaron. Al día siguiente nos desmayamos de calor, hambre y sed.

No sé cuánto tiempo estuvimos desmayados. Tuve la sensación de estar oyendo repetidas veces mi nombre y el de Nube, y cada vez la voz se hacía más cercana y potente. Me desperté y vi a Nube sentado a mi lado mirando al frente. A pocos metros de nosotros había un hombre sentado en una silla gigante y a su lado, flotando, la luz rosa. Nos saludó y dijo que nos acercáramos. Al levantarnos, el suelo se abrió bajo nuestros pies y caímos encima de unos delfines que nos llevaron hasta el señor quien nos dijo que sabía todo lo de nuestro viaje. Entonces me di cuenta que me encontraba frente al Gran Pastelero. Bajé a toda prisa del delfín para abrazarle cuando me tropecé y … me desperté!

Estaba en el pueblo. Exactamente en la cama de mi habitación con un montón de chuches a mi alrededor. Cuando me levanté, me di cuenta de que tenía algo en el pecho, era una medalla de oro en la que ponía:” Futuro ayudante de el Gran Pastelero”. Entonces salí de mi casa y vi a las chuches ayudando al señor de mis sueños. ¡Era el Gran Pastelero! Ciertamente había realizado el viaje, pero un viaje mágico.

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